Panther, Ruelas, Polymarchs: De cómo llegamos a un mundo de leyenda, texto de Mariana Delgado

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Cuando llegamos a trabajar en el Proyecto de Gráfica Sonidera con José Luis Lugo a Publicidades Panther, conocemos bien el ambiente tropical del movimiento sonidero. Llevamos unos años aprendiendo. Sabemos que inicia a mediados del siglo pasado con tornamesas y acetatos, cuando salen a la calle trompetas de perifoneo y tweeters y se arma el baile en el barrio. En las celebraciones de vírgenes y santos, en  aniversarios varios se suman los sistemas de sonido, cada uno con su equipo propio, se montan profusas las luces aztecas o robóticas. En la fiesta más grande de la ciudad de México, en el mercado más grande de América, se montan más de cincuenta sonidos y se presentan simultáneos para la Virgen de la Merced, ante cientas de miles de personas.

Los sonidos introducen e intervienen la música de acuerdo a los modos de México. El equipo se altera, los ritmos se rebajan. Retumba el bajo de muros de baffles. Los seguidores se cimbran y se multiplican lo mismo que los géneros vernáculos. Clubes de baile pansexuales se abren rondas en la pista, en la multitud se abren paso las familias, la banda. Se inaugura el micrófono, cunden los saludos que circulan por todo el continente en CDs, DVDs, streamings, links, posts. Del Peñón de los Baños aka Colombia Chiquita a Neza York, a las comunidades migrantes de Los Ángeles; del barrio Tepito aka Puerto Rico a Chimalwaukee, a los hermanos en Illinois. 

En ese mundo, la Sonora Matancera es la mamá de los pollitos. Cumbia y salsa son reinas en una gran corte de ritmos. La Virgen de Guadalupe es máxima, los congrega a todos. Mismo tienen poder Changó, San Judas Tadeo y la Santa Muerte. La épica es importante, la familia también. Lo que comienza como una pasión por Cuba, pronto se amplifica: música de Colombia, Puerto Rico, Venezuela, Ecuador, Panamá, Perú, República Dominicana, Buenos Aires, Nueva York…

Los sonideros dejan atrás a los sellos establecidos en México y sus limitaciones uniformes, se van a peinar el continente por su cuenta. Tocan costa, sierra, selva y montaña. Se vuelven diggers, importan vinilos, descubren músicos y conjuntos, se vuelven promotores, fundan disqueras formales y sellos piratas finos o chafas o grises, arman compilaciones que se propagan en mercados ambulantes, plazas, fiestas, locales comerciales, páginas de internet. 

En los barrios bravos del Distrito Federal, se mueven las chamarras bordadas con los logotipos de los sonidos y circula la publicidad en tarjetas, carteles, volantes, lonas. Sin embargo se realizan cada vez menos bailes en el centro de la metrópoli. Aunque sus seguidores se cuentan por centenas de millares y ahora es foco de atención en la esfera pública, el gobierno capitalino parece no reconocer la existencia del movimiento sonidero. La normatividad que aplica a los espacios públicos margina efectivamente al movimiento sonidero (no así a los grandes corporativos de entretenimiento). Lo somete en la realidad a las prácticas discrecionales de las administraciones locales y los cuerpos de seguridad: corrupción a todo lo que da. 

En la zona conurbada de la ciudad de México, la media luna que crece poderosa de este a oeste por vía del norte, se extienden los muros pintados anunciando los eventos y los trailers con los logotipos de los sonidos toman las calles. Se arman los bailes.

No conocemos tan bien el entorno electrónico, liderado por Polymarchs. Nos acercamos primero a través de los materiales gráficos que componen la colección que José Luis reúne desde 1979, y que considera con razón su principal patrimonio.  Panther, como se lo conoce en el ambiente tropical, crece entre dos salones de baile de la Romero Rubio, el verde y el azul. O sea que está familiarizado desde siempre. Pero para él todo comienza en la Zona Rosa, a donde acude a intercambiar propagandas. Ahí es en donde conecta. A los trece años es parte del equipo de Polymarchs, enreda cables. Los acompaña por años. Después se vuelve publicista, promotor, productor.

Nunca para de juntar, en la oficina se levantan torres de papel. Cientos de carteles y decenas de dibujos originales de la época dorada del high energy pasan frente a la cámara, mientras José Luis hace memoria de los eventos, de las escenas y la emoción de ese mundo. Cuando trajeron a Gloria Gaynor por primera vez a México, cuando vino Sylvester, cuando se abarrotó el World Trade Center. 

Somos introducidos al mundo de los dibujantes y diseñadores que crearon un imaginario a la medida de los precursores del género: faraónico, galáctico, utópico, apoteósico y futurístico. Siempre épico. Maestros como Jaime Ruelas, Racrufi, Padilla, Argaez, Campos, Héctor, Alexis, Recillas, Tinajero, Ranulfo, Forax, Priego y Cnayax 89 crean mundos para  Polymarchs, Patrick Miller, Soundset, Winners, Rhamses, Banana, Menergy, King Kong, Valentino, Quasar, Sparks, Monte Carlo, Chaplin’s, Chester’s, Rostov… Para sus admiradores, los carteles expresan el momento, contienen la experiencia; “recordar es volver a vivir”.

Las publicidades de estos sonidos tienen formatos únicos, recurren a materiales y técnicas inusitados, son una cosa esmerada y diferente, francamente lujosa y totalmente alucinante. Se desprenden de las publicidades que maneja el movimiento sonidero tropical, que inician por la vena tipográfica popular de la lucha libre, para ganar la libertad pirata del trópico a punta de cutter primero y de pixeles después. En el mundo del disco, del high energy, y el techno, la gráfica es lo mismo que el sistema de sonido al que representa: un objeto de culto, un concepto, un mito, una gesta. 

¿Quieren conocer a Jaime Ruelas? nos pregunta un día José Luis. El maestro del dibujo en tinta, creador de logotipos e ilustraciones que son tan icónicos como los propios La Changa o Polymarchs. Pasan por nuestros ojos naves, guerreros, aves, reinas. Poderosas escenas, retratos al detalle. Sus cyborgs perfectos prenden chispas en nuestro cerebro. Su volumen, su movimiento… Sexy. Es sexy. Desde luego que deseamos conocerlo. Somos sus fans, y somos un ejército comprobado. Llegamos casi puntuales a la entrevista, con los equipos de foto y audio y video a cuestas. Casi puntuales, porque ya nos espera Jaime, que es hijo de un relojero, y conoce desde adentro a máquinas, diseños y sonidos. 

Ruelas conoce bien la historia de Polymarchs, desde el principio. La primera tocada cobrada de Polymarchs se lleva a cabo en su departamento del edificio Quintana Roo en Tlatelolco, en donde se encuentran. Es casi una travesura, los padres de Jaime están de viaje y es preciso regresar a muchos relojes y plantas a sus lugares, ¿pero en qué orden? Es el momento del disco y el high energy… y Jaime es un gran conocedor, es el primer DJ del sonido. Después decide que lo suyo es el dibujo, y se hace cargo de la imagen de Polymarchs y otros, antes de seguir su camino por la gráfica en la universidad y como diseñador de Discos Musart. Como DJ y animador de Polymarchs queda el recordado Tony Barrera. Se inicia una época de veneración.

Como los sonidos tropicales que están en auge en la capital, Polymarchs inicia en Puerto Ángel, en la costa de Oaxaca, con un equipo modesto, apenas una consola telefunken y dos baffles. Lo fundan tres hermanos en 1975: Apolinar, Elisa y María de los Ángeles Silva Barrera. En 1978 se mudan a la ciudad de México. Apolinar toma las riendas del sonido y se gradúa como ingeniero de audio. Su tenacidad va más allá de la elección de géneros musicales, su planteamiento del sonido es diferente. En los sonidos tropicales, la música, el equipo, el oficio de DJ y de MC recaen en una persona, el sonidero, que es un todo poderoso que opera tras la consola. Polymarchs opera desde otro lugar, ensambla fierro y espectáculo; construye escenarios y pistas de baile de lujo; crea experiencia, entorno. Lo suyo es la máquina completa. No es el DJ, ni el MC. Es la Máxima Autoridad. Diseña, produce y opera estructuras de luces y sonido como no se han visto antes, naves radiantes que viajan llevando inmensos crews técnicos y bailarines retrofuturistas, de Tenochtitlan al espacio exterior. Hay explosiones en el cosmos. En la pista ascienden las manos, celulares por millares.

Cuando Apolinar Silva y el equipo de Polymarchs llegan al Centro Cultural de España para dar una conferencia en el marco del Proyecto de Gráfica Sonidera, el auditorio está a rebosar. Los seguidores portan las playeras y chamarras distintivas, levantan los carteles de sus colecciones, los celulares. Apolinar está radiante, es la Máxima Autoridad y más que mítico, es místico. El público toma el micrófono para compartir sus experiencias. Como esa vez que se organizó un baile de Polymarchs en el Zócalo de la ciudad de México, y la gente pensó que estaba temblando y se dio cuenta de que lo trepidante es el baile. Abajo, en una de las salas de exposición, hemos dedicado a Polymarchs una sala que más parece un espacio de adoración, en donde resplandecen a la luz negra las visiones neones que ahora compartimos con ustedes.

Mariana Delgado

Coordinadora de El Proyecto Sonidero

Mayo de 2014